La película que tardó 25 años y no pidió permiso

Alessandra Sanguinetti empezó a filmar a dos nenas en el campo bonaerense en 1999. Terminó con el premio mayor de San Sebastián, el Leopardo de Oro de Locarno y los derechos comprados por MUBI.

En la misma semana de octubre convivieron en la Argentina las dos formas que tiene hoy una película de existir.

Una entró al top 10 de taquilla en siete días: ¿Querés ser mi hijo?, quinta con 15.993 espectadores, adaptación de una comedia mexicana de 2023, con Wanda Nara al frente. Formato probado, cara conocida, estreno comercial. Funcionó.

La otra tardó veinticinco años.

Veinticinco años

En 1999, Alessandra Sanguinetti empezó a fotografiar a Guillermina Aranciaga y Belinda Stutz, que tenían nueve y diez años, en una zona rural de la provincia de Buenos Aires: los partidos de General Guido, Dolores y Maipú. Lo que arrancó como un trabajo fotográfico —retratos de gran formato cruzados con registros en video— terminó siendo un documental de 93 minutos que las sigue hasta los 34 y 35 años, a través del trabajo, la maternidad y los caminos distintos que tomaron.

La ilusión de un verano sin fin es una coproducción entre Argentina y Estados Unidos. La produjo la propia Sanguinetti junto a Julia Solomonoff. En la presentación en San Sebastián, la directora la describió como «casi como ver un álbum familiar».

Antes del documental ya había dos libros y, en 2024, una retrospectiva de la serie en la Fundación Cartier-Bresson de París.

De dónde salió la plata

Acá está lo que nos interesa.

El desarrollo del proyecto se sostuvo con becas del Sundance Institute.

En agosto de 2026, la película ganó el Leopardo de Oro en la sección Cineastas del Presente de Locarno. El premio son 35.000 francos suizos, unos 43.000 dólares, y se reparte en partes iguales entre la directora y el productor. En el mismo festival se llevó el Premio Swatch a la Ópera Prima.

Un mes después, en la 74.ª edición de San Sebastián, ganó el premio principal de Horizontes Latinos y además el Premio de la Juventud, votado por 150 jóvenes de entre 18 y 25 años.

Recién entonces MUBI compró los derechos de distribución.

Vale la pena ordenar la secuencia, porque suele contarse al revés: no consiguió distribución y después premios. Consiguió premios, y los premios le consiguieron distribución. El recorrido de festivales no fue la coronación del proyecto. Fue el mecanismo de financiación y de acceso al mercado.

Lo que esto dice sobre cómo se financia una película hoy

Tres cosas que un productor argentino puede sacar en limpio:

El capital llegó de afuera y en etapas. Becas para desarrollar, premios para sostener, venta de derechos para recuperar. Ninguna de las tres instancias es un financiamiento tradicional de producción, y las tres juntas alcanzaron.

El tiempo fue un activo, no un costo. Veinticinco años de material es exactamente lo que vuelve única a esta película. Casi ningún esquema de financiación tolera ese horizonte: los créditos tienen plazos, los subsidios tienen ejercicios, los inversores tienen expectativas de salida. Un proyecto que necesita dos décadas y media no entra en ninguna planilla.

El premio con plata vale distinto al premio sin plata. Los 43.000 dólares de Locarno repartidos entre directora y productor no son un reconocimiento simbólico: son capital de trabajo en el momento en que un proyecto largo más lo necesita.

¿Y acá?

Mientras tanto, el fomento sigue siendo la variable más difícil de proyectar para cualquiera que quiera producir en la Argentina, nacional o internacional. El país no tiene un incentivo para servicios de producción extranjeros: solo un programa selectivo de la Ciudad de Buenos Aires, en pesos.

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